amazonaMucho antes, en 1611, Sebastián de Covarrubias ya nos atestigua en su Tesoro que la palabra ‘amazona’ procede de la unión de la partícula griega «a-» (‘privado de’, ‘carente de’, ‘sin’) y el nombre «masós» (en su acepción poética, ‘pecho’, ‘teta’), viniendo a significar el conjunto «mujer sin tetas».

En realidad, el éxito y perennidad del interés por las amazonas se debe precisamente a que ellas encarnan una sociedad donde los papeles sociales están invertidos. Podría decirse que las amazonas son el punto referencial más trascendente del movimiento feminista. Las amazonas son un tipo de mujeres que se ha movido entre la realidad y la ficción durante muchos años, producto de la fascinación que produce una sociedad matriarcal. Buena prueba de ello son las muchas historias, mitos y leyendas que se han cruzado a lo largo de la Historia en torno a estas tribus formadas exclusivamente de mujeres. Pero ¿quiénes eran realmente las amazonas?

Tenemos constancia de que entre los habitantes de la Grecia clásica ya se hablaba de la existencia de estas mujeres, que habitaban las islas de Lesbos, Lemnos y Samotracia, en el mar Egeo. Según la mitología griega, las amazonas eran hijas del dios Ares, hijo de Zeus y dios de la guerra, y de la ninfa Harmonía, diosa de la armonía y la concordia. Por su parte, ellas habían tomado de los griegos el culto a la diosa Artemisa, deidad que consideraban su afín, al ser ésta cazadora y virgen.

Las amazonas constituyen el primer y más persistente mito de mujeres en libertad, vi-viendo en comunidades sin hombres. Eran una horda de mujeres guerreras, audaces y valientes, que luchaban exitosamente contra los hombres, y cuyos conflictos eran temidos incluso por los guerreros griegos más bravíos.

La importancia del mito en la antigua Grecia se hace evidente con la presencia de estas mujeres guerreras en la guerra de Troya (hacia el 1200 a. C.), con cuyas peripecias Homero compuso un extenso poema que tituló La Ilíada, en el que el mencionado poeta nos proporciona no pocos datos respecto de las amazonas. Así, Príamo recuerda los tiempos en que él y sus hombres las combatieron. Ellos las consideraban precisamente ‘antineirai’, que significa «equivalente a los hombres»; por tanto, sus iguales.  Aquiles, héroe primordial del poema épico, se enfrentará con Pentesilea, reina de las Amazonas, que había tomado partido a favor de los troyanos, y a la que, en singular combate cuerpo a cuerpo, el griego dará muerte atravesándole el pecho con una jabalina. Cuenta la tradición que fue tanta la admiración que despertó en él la bravura de la reina amazona que llevó luto por ella durante toda la contienda. Por su parte, el poeta latino Virgilio (70-19 a. C.), en su poema épico La Eneida, también nos da cuenta de esa guerra y de la intervención en ella de las amazonas. El siguiente encuentro de los griegos con las amazonas tiene lugar en torno al año 700 a. C., cuando, según la mitología, las mujeres guerreras avanzan contra Atenas y luchan con Teseo, que había raptado a Antíope en mitad de su propia ciudad. Se cuenta también que Alejandro Magno, ganada la batalla de Isos (333 a. C.) contra los persas en la península de Anatolia (la actual Turquía), tuvo ocasión de conocer a su reina Talestris.

Desde el doble punto de vista social y político, cabe decir que, al no permitir la presencia de varón alguno entre ellas, se gobernaban teniendo como poder máximo una reina, que resultaba elegida periódicamente entre todas y por todas. Las amazonas, en su constante aislamiento voluntario, permanecían ocupadas arando, sembrando, plantando, dando pasto a sus rebaños y, fundamentalmente, criando y domando caballos, que montaban hábilmente y con gran pericia, y las que destacaban por su brío y audacia se consagraban a cazar a caballo y a adiestrarse en las artes de la guerra. Una vez alcanzaban la pubertad, a todas les era mutilado el pecho derecho (de ahí su nombre de ‘amazona’, «sin pecho o teta»), para que supieran usar su brazo derecho con más desenvoltura en todo, especialmente para tensar el arco y lanzar la jabalina, en cuyo arte demostraban singular destreza; sin embargo, no existen imágenes que corroboren esta versión. También empleaban la espada y un escudo ligero, y su indumentaria bélica incluía casco y ropa y cinturón de piel de animal.

Si tenemos presente que las aventuras del caballero Amadís y su hijo Esplandián, entre muchos otros, son conocidas años antes de la época de los grandes descubrimientos, no debe extrañarnos en absoluto que Pizarro emprendiese la conquista de México con la cabeza llena de este tipo de ideas.

Las amazonas salían de caza, iban a la guerra y veían en el hombre un mero objeto sexual, útil tan sólo para la supervivencia de su raza guerrera; el hombre, pues, entendido como semental, era prescindible, cumplida su función en el proceso reproductor. Así, una única vez al año, llegada la primavera, las amazonas traspasaban los límites de su frontera para contactar con una tribu vecina (habitualmente, los gargarios), con cuyos hombres se entregaban de lleno al uso del sexo durante dos meses, sin otro fin, como ya se ha adelantado, que quedarse preñadas, práctica que llevaban a cabo con gran recato y a oscuras, sin desviarse lo más mínimo de la finalidad. Una vez quedaban encinta, regresaban al poblado. Cuando parían, las amazonas solo criaban a las niñas; los niños eran devueltos a los gargarios o a la tribu visitada para que los criasen los padres. Unos autores cuentan que todas las familias gargarias que recibían un niño se lo quedaban y lo cuidaban con tanto cariño como si fuera propio. Por el contrario, otros refieren que si los bebés nacidos eran varones, los mataban o, en muy pocos casos, los entregaban a sus respectivos padres; solo se quedaban con las niñas, a las que, una vez alcanzaban el desarrollo, mastetomizaban el pecho derecho, como era hábito entre ellas.

Heródoto (entre el 484 y el 425 a. C.) situaba el reino de las amazonas en una región situada entre Escitia y Sarmacia, en el delta que forma la desembocadura el río Tanais (hoy Don) en el mar Azov, poblando una antigua ciudad homónima que hoy existe con el nombre ruso de Nedvigovka. Cuenta la mitología que Afrodita, disgustada por sus rudas actitudes, las obligó a trasladarse a la región turca de Capadocia, en donde fundan un nuevo reino con capital en Temiscira, ciudad emplazada a corta distancia de la costa anatólica suroriental del mar Negro (el ‛Ponto Euxino’ de los griegos) y muy cercana a la desembocadura del río Termodonte. Otros situaban el emplazamiento de las amazonas en las montañas de Alabania; así, por ejemplo, Teófanes de Mitilene (hacia el s. I a. C.), que participó en las campañas de Pompeyo, cuando llega al país de los albanos, da cuenta de que los geles y los leges, pueblos escitas, vivían entre las amazonas y los albanos. Y otros muchos, sin embargo, entre ellos Metrodoro e Hipsícrates (ambos del s. I a. C.), afirman que las amazonas vivían cerca de las fronteras de los gargarios, en una zona de las llamadas ‘Montañas Ceraunias’ del Cáucaso, a orillas del mar Caspio (antes llamado Hircanio). No obstante lo afirmado, la verdad es que no existen hallazgos fidedignos y concluyentes que confirmen el lugar físico de asentamiento de las amazonas; y, por otra parte, lamentablemente, muchos de los trabajos de los escritores antiguos que podrían darnos alguna pista en este sentido han desaparecido.

La Alta Edad Media, quizá como indicio premonitorio de que se estaba incubando un renacer de los valores grecolatinos, escogió a las amazonas como tema de expresión estética. Para muchos pintores, ellas fueron pretexto para mostrar su talento, dibujando y pintando cuerpos femeninos, que, de otro modo, no habrían permitido los cánones de la época. Ya en el Renacimiento, el tema fue tomado con otra intención y sabiduría. Y llegan a nuestros días, dando siempre origen a nuevas interpretaciones.

Y en Literatura, tanto Dante en La Divina Comedia como Camoens en Os Lusíadas acusan ya una clara influencia del mito clásico, con continuas alusiones a islas pobladas solo por mujeres, destacando particularmente el pasaje de La Odisea en el que la diosa Calipo retrasa a Ulises bajo los encantos del amor, en los cantos IX y X, en la ‘Isla de los Amores’. Los tres volúmenes del caballero Amadís de Gaula que habían sido publicados en el siglo XIV se ven refundidos e incrementados con un cuarto tomo de Garci Rodríguez de Montalvo, cuya edición más antigua conocida es la de Zaragoza en 1508, que supone la consolidación definitiva del género. A este siguieron otros; entre ellos, el más popular fue Las Sergas del Esplandián, donde se narran las bizarras aventuras del hijo de Amadís. Una de las aventuras más celebradas de Esplandián fue su tentativa de conquistar el reino de las amazonas. Las amazonas del libro español eran, en el fondo, las mismas del mito clásico, con algunas diferencias relevantes, entre las que cabe mencionar el hecho de que, en la mayoría de estos libros, la reina tiene nombre propio. En el caso concreto de las aventuras del joven caballero Esplandián, este dato va a tener enorme trascendencia histórica y geográfica, pues la reina se llama Calafia y su país California, nombre con el que los españoles bautizarán la península de Nueva California, cuyo descubridor había confundido con una isla.

Por tanto, si tenemos presente que las aventuras del caballero Amadís y su hijo Esplandián, entre muchos otros, son conocidas años antes de la época de los grandes descubrimientos, no debe extrañarnos en absoluto que Hernán Cortés conquistase (entre 1519 y 1521) el grandioso Imperio azteca y Francisco Pizarro emprendiese y culminase (de 1532 a 1533) la conquista del Perú, por citar tan solo dos ejemplos, con la cabeza llena de este tipo de ideas, ni que en las cartas y documentos de los exploradores aparezcan con mucha frecuencia estos indicios imaginados de los libros de caballería. Podemos, pues, afirmar que esta creencia mitológica, recreada y transformada, viajó a América en la imaginación de los conquistadores, pues, por aquella época, los libros de caballería habían alcanzado unos índices inusitados de lectura.

Tanta era la convicción de los españoles en la realidad del mito de las amazonas que Colón, durante su segundo viaje (1493-1496), intuye haberse aproximado a la isla donde reinaba Calafia a su paso por una de las Antillas Menores. Pedro Mártir de Anglería  también se refiere a él en sus célebres Décadas; Fernando de Magallanes también trata de ubicarlo en la ignota inmensidad del Pacífico y, solo por citar un caso más, el cronista Bernal Díaz del Castillo da cuenta en su Verdadera Historia (publicada en 1632, aunque redactada muchos años antes) que, a pesar de serle atribuido a Hernán Cortes el descubrimiento de California, la realidad es que fue su piloto Fortún Jiménez Bertañola quien, al mando del navío Concepción, propiedad de Cortés, fue a buscar el codiciado reino de las amazonas en el confín occidental de México, cuando avista, en 1534, por primera vez, la costa occidental de la hoy llamada Baja California, que él confunde con una isla y a la que bautiza con el contenido del mito que llevaba en su imaginación: Nueva California.

Antes de la llegada de los primeros europeos a estas tierras de América del Sur, las orillas del Amazonas y sus afluentes tenían ya una larga historia de asentamientos humanos. Contrario a la creencia popular, en el bosque lluvioso del Amazonas existieron sociedades sedentarias, muchas de las cuales tenían sus poblaciones cerca de los ríos, contaban con medios de transporte y vivían dedicados a la pesca y, en los suelos fértiles, practicaban la agricultura. Algunos pueblos habitaban en recintos amurallados de hasta 50.000 habitantes, con caminos entre ellos, que habrían hecho posible la vida urbana en la selva. Sin embargo, a partir de la llegada de los europeos, los asentamientos nativos disminuyeron notablemente su población, debido a los virus que se transmitían entre las tribus, que previa e inconscientemente habían importado los europeos y sus animales.

Según las crónicas de las exploraciones de América, parece ser que fue el cartógrafo italiano Américo Vespucio el primer europeo que, en el verano de 1499, navegó en el estuario del río Amazonas en cuyo cauce llegó a adentrarse unos pocos kilómetros.

Colón, durante uno de sus viajes al Nuevo Mundo (que no a las Indias, como él creyó en 1492), al arribar a una de las islas del Caribe, sufrió, por parte de una tribu guerrera, una recepción decididamente hostil. Sobre ese inesperado encuentro escribió a Luis de Santángel, valedor de Colón ante los Reyes Católicos, en estos términos: “ Es la primera isla que se encuentra, para quien va de España rumbo a las Indias y donde no hay ningún hombre. Estas mujeres no se ocupan de ninguna actividad femenina, sólo ejecutan ejercicios con el arco y las flechas fabricados con cañas y se cubren con láminas de cobre que poseen en abundancia”.

Poco después, los españoles Vicente Yáñez Pinzón, seis meses más tarde, casi a comienzos de 1500, por lo que cuenta el cronista milanés y capellán de la Reina Católica Pedro Mártir de Anglería, y Diego de Lepe, dos meses después, exploraron las islas que forman parte del enorme estuario amazónico. Tanto uno como otro penetraron en el cauce y llegaron a subir un buen trecho del Amazonas, pero en ambos casos se abandona la exploración al poco tiempo de iniciada, dejándose tan solo constancia escrita del hecho.

Uno de los pilotos que acompañaron al navegante Fernando de Magallanes (1480-1521) contó al italiano Filippo Pigafetta que había una isla, llamada Ocoloro, en las proximidades de Java (Asia), con solo mujeres, las cuales cuando dan «a luz algún hijo, lo matan si fuese macho y, si fuese mujer, lo conservan con ellas. Y tan esquivas se mostraban a la conversación amorosa que, si algún hombre osase desembarcar en su isla, pugnaban por quitarle la vida».

El conquistador Hernán Cortés refiere en su Primera Carta de Relación al emperador Carlos V que, cuando exploraba la costa occidental de Méjico, mucha gente le aseguraba que era verdad que existía «una isla poblada por mujeres, sin ningún macho. En ciertas épocas, los hombres de ‘tierra firme’ van a visitarlas; ellas se entregan a ellos y las que dan a luz hijas se quedan con ellas, si nacen machos los rechazan».

Esta creencia, este convencimiento de los conquistadores se ve reforzado por los comentarios y narraciones de los propios indios, tal como recoge el historiador Agustín de Zárate en su Historia del Descubrimiento y Conquista del Perú, de 1555, quien, al relatar la conquista del Perú por Diego de Almagro, en la que él participa como cronista, escribe haber oído en aquella zona, durante la campaña de 1535, relatos de indios asegurando que cincuenta leguas más adelante hay entre dos ríos una gran provincia poblada de mujeres que no consienten hombres consigo más del tiempo conveniente a la procreación. La reina de ellas se llama Guanomilla, que en su lengua quiere decir ‘Cielo de Oro’, porque en aquella tierra dicen que se cría una gran cantidad de oro, tanto que hasta los sencillos utensilios para preparar los alimentos eran hechos a mano con esos metales preciosos.

Ciñendo ahora nuestro trabajo exclusivamente al río, hoy está comúnmente admitido que su descubrimiento se debe al extremeño Francisco de Orellana (1511-1546), a quien se atribuye el gran mérito de haber sido el primer europeo que lleva a término un descenso por agua del Amazonas hasta el océano Atlántico. Orellana formaba parte de la expedición comandada por Gonzalo Pizarro (hermano Francisco Pizarro, conquistador del Perú), el cual había salido de Guayaquil a Quito (Ecuador), en la Navidad de 1541, con el objetivo de atravesar los Andes en busca de Eldorado (Llevado a las pantallas del cinema. Con gran éxito de taquilla y afianzamiento de los jesuitas)). A tal efecto, Gonzalo Pizarro ordena a Orellana ponerse al frente de un bergantín y organizar una expedición en busca de provisiones suficientes para poder atravesar el inhóspito territorio transandino, órdenes que pone en práctica. Pero como Orellana no regresa al cabo de los doce días convenidos, Gonzalo Pizarro, lo creyó muerto o desaparecido y regresa a Quito.

Las amazonas manejaban con singular destreza el arco y la jabalina, aunque también empleaban la espada y un escudo ligero.

No sabía Gonzalo Pizarro que su lugarteniente, llevado de su afán aventurero y ávido de encontrar las grandes cantidades de oro de que se hablaba, había desobedecido a su comandante, y, una vez abandona Quito, el 4 de febrero de 1541, emprendiendo el viaje ordenado por su superior, contraviene las órdenes recibidas y toma la audaz iniciativa de continuar su viaje de bajando el Napo. Las aguas corrían con una turbulencia tan grande que, en solo tres días, llega a la confluencia del río Coca con el Napo, en las inmediaciones del territorio de los indios Irimaraezes, que preguntaron a los exploradores si iban a «visitar el territorio de las ‘amurianos’, a quienes ellos llamaban ‘grandes señoras’», advirtiéndoles que «si lo hiciesen, tomasen precauciones, porque ellas eran muy numerosas y que los matarían».

A los quinientos kilómetros de la partida, los expedicionarios sufren la desgracia de extraviarse en aquellas inhóspitas selvas. Pero, intrépido aventurero, Orellana no se amilana ante la adversidad y, con troncos y ramas de árbol, construye unas balsas y logra llegar hasta el río Marañón. Por fin, tras siete meses de terrible viaje y un recorrido de 4800 kilómetros, durante el que fue atacado muchas veces por feroces indígenas y sufrió privaciones hasta el punto de carecer de comida, alcanza la desembocadura en 26 de agosto de 1541, desde donde, bordeando la costa, se traslada a Nueva Cádiz en Cubagua (hoy Venezuela).

Fue precisamente durante este viaje cuando el gran río adquirió el nombre de ‘Amazonas’, que vino a sustituir al de ‘Paraguanasu’, con el que lo conocían los nativos. El nombre de ‘río de Orellana’ que se le puso en un comienzo en honor de su descubridor, no prosperó, quizá por influencia del padre Gaspar de Carvajal, en cuyas crónicas describía no solo los innumerables percances que sufre esta expedición, sino también sus enfrentamientos con tribus de indígenas, entre cuyos miembros los exploradores aseguraron haber visto a mujeres guerreras.

En efecto; en las crónicas del padre Carvajal queda constancia escrita muy clara de que los indígenas que les combatieron el 24 de junio de 1541, cerca de la aldea Coniapayara, estaban liderados por mujeres de piel muy blancas, de alta estatura y cabello muy largo,  que corrían «desnudas en cuero, tapadas sus vergüenzas», y armadas de sus arcos y flechas, hacían alarde de una fiereza similar a la de las amazonas de que habla la mitología griega, hecho cuya veracidad el cronista no se preocupa en contrastar ni se modera en mencionar.

En las anotaciones tomadas en el interrogatorio a indios apresados por los españoles, el padre Carvajal, con la precisión de un escribano de juzgado,  nos da detalles como los siguientes: “Eran unas mujeres que residían la tierra adentro siete jornadas de la costa. El capitán le preguntó si esas mujeres estaban casadas: el indio dijo que no.  El capitán le preguntó si estas mujeres eran muchas: el indio dijo que sí, y que él sabía por nombre setenta pueblos. El capitán le preguntó si estas mujeres parían; el indio dijo que sí. El capitán dijo que cómo, no estando casadas ni residía hombre entre ellas, se empreñaban: él dijo que estas indias participan con indios en tiempos, y que, cuando les viene aquellas ganas, juntan mucha copia de gente de guerra y van a dar la guerra a un gran señor que reside y tiene su tierra junto a las de estas mujeres, y por fuerza los traen a su tierra y que, después que se hallan preñadas, les tornan a enviar a su tierra, sin les hacer otro mal; y después, cuando viene el tiempo que han de parir, que si paren hijo lo matan o le envían a sus padres, y si es hija, la crían con gran solemnidad y la imponen de las cosas de la guerra”.

Cierto o no lo atestiguado, los hechos narrados en la crónica del padre Carvajal fueron ratificados posteriormente por el padre Cristóbal de Acuña, al informar de su descenso por el gran río en 1639. En varias páginas describe a las amazonas y se basa para hacerlo en el testimonio de indios tupinambás: «Confirmamos las largas noticias que por todo ese río traíamos de las afamadas amazonas ; una de las principales cosas que se aseguran era el estar poblado de una provincia de mujeres guerreras, que sustentándose solas sin varones, con quienes no más de ciertos tiempos tenían cohabitación, vivían en sus pueblos, cultivando sus tierras, y alcanzando con el trabajo de sus manos todo lo necesario para su sustento.»

Utensilio de cerámica de origen griego en el que aparece Aquiles, héroe primordial del poema épico, se enfrentará con Pentesilea, reina de las Amazonas, que había tomado partido a favor de los troyanos, y a la que, en singular combate cuerpo a cuerpo, el griego dará muerte atravesándole el pecho con una jabalina.

En la América portuguesa también se hizo popular el mito. En 1576, Pêro de Magalhães Gândavo llamaba al gran río Maranhão ‘Río das Amazonas’, corroborando la divulgación del mito en el nordeste brasileño. Y el jesuita español Cristóbal de Acuña escribió, en 1639, que en Nueva Granada (Colombia) había encontrado una «india que dijo haber estado ella misma en las tierras pobladas por las mujeres guerreras».

No obstante las afirmaciones de estos y, posiblemente, de otros muchos cronistas, el hecho de que aquellos expedicionarios fueran atacados por amazonas, en el sentido en que queramos tomar el término, parece hoy poco verosímil, y lo que a Orellana y su tripulación pareció ‘mujeres’ bien pudo tratarse, simplemente, de guerreros indígenas de pelo largo.

Muchas fueron las expediciones que, como estas, se organizaron a lo largo de los siglos XVI y XVII, la mayor parte de las cuales patrocinadas con la sola finalidad de buscar del fabuloso Eldorado. Como nota histórica curiosa, cabe añadir que el primer ascenso de este gran río por un europeo tendría lugar casi un siglo después, en 1638, y lo llevó a cabo el portugués Pedro Teixeira, quien, invirtiendo la ruta de Orellana, alcanzó Quito a través del río Napo.

Ya en el siglo XVIII, Monsieur de la Condomine constata que «tal tradición está universalmente extendida en todas las naciones que habitan las riberas del río Amazonas, hasta 150 leguas distante, por el interior hasta Caiena » y que siempre en sus lenguas las conocen por el nombre de «mujeres sin marido» o «mujeres excelentes». Más tarde, en África, Herkovitz estudió la repercusión del «mito» en el antiguo reino del Daomé (hoy Benin), donde afirma que las amazonas existieron en aquella región y adelanta que «eran reclutadas entre las mujeres atléticas, siendo obligatoriamente vírgenes, y que eran un número considerable de ellas, usando lanzas como arma».

De una u otra manera, merced a esa fantasía propia de los comentarios que se venían arrastrando desde la Alta Edad Media en los libros de caballería, y a la imaginación y desobediencia de Orellana, el gran río, ese inconmensurable mar de agua dulce, pasó a conocerse con el nombre de Amazonas.

Y hoy, el Amazonas es el mayor río del mundo, el que hace desembocar al mar mayor cantidad de agua y el que drena mayor cantidad de tierra que cualquier otro río. La zona que drena recibe el nombre de Amazonia (o Amazonía), una de las zonas tropicales más extensas del mundo, y está considerada como el pulmón del planeta. Por su gran valor ecológico, multitud de entidades ecologistas luchan para salvarlo de la explotación salvaje a que se está sometiendo, sin que se vislumbre por el momento el menor atisbo de optimismo en cuanto a su futuro.

El río Amazonas existe, lo que nos deja el fundamento de lo irreal a lo real, es si existieron o no las Amazonas aquellas mujeres mitológicas de la antigua Grecia, aquellas guerreras de Troya, hace más de 3.200 años. Es una incógnita a despejar no tangible. No obstante, con ésta información exhaustiva, usted puede realizar su propias conjeturas.

Fernando Bermúdez Cristóbal.

(Datos parciales de J.A.Molero)