Publicado por el Exmo. Ayto. de Tauste en Abril de 2008

Cursaba el preparatorio de bachillerato cuando conocí a María. Apareció una mañana de invierno en el colegio de Nuestra Señora de Sancho Abarca de Tauste en la sala de estudios que tutelaba mi prima Fany. María, era una niña enjuta. Ceñía a su débil figura un abrigo de paño y se tocaba con amplia bufanda. Calzaba botas bajas oscuras y lucía unos calcetines blancos resplandecientes.

Una vez libre de su vestimenta la profesora nos presentó a la nueva alumna. ¡Se llama María! Y provisionalmente se sentará con Fernandico, que era yo. Ya estaban hechas las presentaciones.

La sala de estudios era amplia y los jóvenes que la integrábamos éramos un pequeño ejército de a lo sumo 30 alumnos desde preparatorio del bachillerato hasta el 7º curso. En definitiva, todos formábamos una reducida familia por cursos y numerosa en aquella sala de estudios donde en invierno la estufa de leña "chutaba" de lo lindo.

María ocupó el pupitre y asiento contiguo al mío. Me dió los buenos días con voz dulce y débil. Portaba una caja de lápices bien ordenada por colores, cada cual en su sitio y sus corrrespondientes gomas de borrar. Me quedé mirando aquel "plumier" tan súmamente ordenado y noté que me arrebolaba por momentos porque mi caja de lápices era un verdadero desastre. Todos estaban revueltos. Les fataba a la mayoría la "mina" y para mayor colmo mi estuche adolecía de ambas bisagras. Cerraba el "plumier" con las gomas del tirachinas. ¡Ah! el misterio de las bisagras.

Las bisagras del plumier estaban colocadas en la puerta del fuerte, donde los vaqueros y los indios libraban batallas los domingos. Casi nada. Unas puertas que se abrían y cerraban en aquel cajón de madera, que pacientemente serré en pico imitando a los troncos de los árboles. Las puertas del fuerte tenían un éxito tremendo entre los amigos. Era impactante. Tan impactante como mi justificación con María. "Mi plumier está roto". La miré de soslayo tímidamente. María giró la cabeza e hizo lo propio detenidamente. Tenía el pelo negro, ojos claros de mirada dulce y serena. "Yo te lo arreglaré". De su caja de lápices sacó dos corchetes y cuatro cabezas de agujas. Fue maravilloso, mi caja de lápices se abría y cerraba con normalidad sin tener que usar las gomas del tirachinas. Desde entonces María y yo fuimos amigos.

Lo que más me llamaba la atención de María, además de su expresión noble y angelical, eran sus calcetines. Los demás niños y niñas usábamos calcetines de colores y fundamentalmente aquellos de tipo escocés de forma triangular y colores chillones que nos llegaban hasta las corvas de las rodillas para evitarmos el frío. Nunca supe dónde vivía María. Ni cómo se apellidaba. Simplemente un día me dijo que era "becaria" porque sus padres no disponían de dinero. Era pulcra y aseada. Y sobre todo a mí me llamaban la atención sus calcetines blancos. Inmaculados todos los días.

Un día le pregunté si tenía muchos calcetines blancos. Me dijo que sólo tenía los que llevaba puestos. Yo me quedé desconcertado. Mi madre iba tras de mí para cambiarme de muda y calcetines. ¿Cómo era posible que María tuviera un sólo par de calcetines? Para mí constituyó un misterio. Un día en el recreo, María era siempre prudentísima y pasaba por desapercibida, estaba en el patio leyendo una estampita. Yo la asedié y le pregunté directamente por sus calcetines. ¿Cómo es posible que todos los días lleves los mismos calcetines? ¡Me engañas! María no se ofendió. Me miró con expresión de niña pero sus ojos denotaban una temura de persona mayor. Fueron instantes confusos para mi. Esbozó una sonrisa y me dijo: "Lo mismo que tu lavas y calientas tus pies todos los dias, yo hago lo mismo con mis calcetines". Musité: tienes razón María.

Después de mucho tiempo, por vez primera, le había llamado por su nombre. Me produjo una sensación de bienestar. María sólo tenía un par de calcetines que cuidaba y aseaba todos los días. limpios y blancos como su alma. Pasado algún tiempo María no compareció en el colegio y la tutora justificó su ausencia comentando el traslado de residencia de sus padres a otra población por motivos de trabajo.

Sentí enormemente la ausencia de María. No poder compartir sus silencios, su voz dulce y melodiosa. Y sobre todo aquella mirada pura de alma serena. Suplió su asiento Moisés. Noble bíblico a quien le gustaba la historia, como a mí y le hacíamos "tula" a las matemáticas. Moisés con el tiempo me hizo olvidar a María. Transcurrieron los años. Muchos .años. Y nunca supe de aquella niña que durante unos meses se cruzó en mi niñez y dejó en mí una huella difícil de describir. Tal vez una percepción mística perdurable en mi subconsciente. Ese mismo que a veces, entre sueños y realidades me hace percibir olor del tomillo y romero, el sonido de las dulzainas y el tamboril interpretando la marcha de San Ignacio de Loyola. Al unísono, oigo gritos de alabanzas y cánticos gloriosos.

El recorrer de la vida me hizo mudarme de Tauste y residir en diferentes poblaciones. Ya no podía disfrutar de la compañía de mis amistades de juventud y de las costumbres adquiridas habitualmente. Y es obvio y lógico que los humanos, vivíamos el día a día y tengas que asumir nuevas situaciones. Me despegué y olvidé aquellos recuerdos muy bellos y de fechas entrañables y queridas que constituían parte de mi propia esencia como persona.

Un día de primavera, de vuelta del trabajo, y en el portal de mi casa me topé con la figura de una mujer ataviada con sencillez. No le presté atención hasta que nuestras miradas se cruzaron. Me saludó. ¿Cómo estás Femando? La miré atentamente. Sentí un escalofrío por mi espina dorsal. ¡No. Es imposible! Pensé. Tenía ante mí a María. Era ella. Con su melena negra. Sus ojos claros de mirada dulce y serena. ¡Sí, era ella! Que sensación de serenidad despertaba aquella mujer. La pregunté quedamente -¿tú eres María la de ... (prosigue, me invitó) los calcetines blancos?- Sí, yo soy Maria, me contestó con una expresión que irradiaba amor de madre. -He venido a saludarte y a recordarte que hoy es mi onomástica y no te has acordado de mí en todo el día. -¿Qué días es hoy, María? -Hoy estamos a 21 de abril. Dulcemente me acarició las mejillas musitándome: -"No olvides nunca Fernando tus principios de la infancia pues son realmente la verdad intrínseca del humano. Vengo a recordarte que soy María de Sancho Abarca de Tauste".

Me embargó la emoción y con lágrimas en los ojos vi alejarse a María ... Percibí el olor del tomillo y romero, el sonido de las dulzainas y el tamboril interpretando la marcha de San Ignacio de Loyola, y voces de mujeres y hombres, poniendo su alma y corazón al decir: ¡Viva la Virgen de Sancho Abarca!