Si algo llama la atención del pensamiento de Aristóteles es precisamente su esfuerzo por explicar desde la realidad aquellos problemas que la realidad nos plantea, sin recurrir a un mundo de ideas separado, y sin buscar fuera de lo que percibimos el fundamento último de todo lo que nos rodea. Aristóteles es considerado, por ello, uno de los primeros pensadores empiristas de la historia: no podemos olvidar que Aristóteles fue hijo de un médico, y que fundó la biología. Ambas características nos dan una idea del carácter de su pensamiento. Sin embargo, no es el suyo un planteamiento de extremos: también se le considera fundador de la lógica, instrumento para garantizar el progreso del conocimiento. Por ello, ni bastará sólo con la razón, ni sólo con los sentidos: es necesario que ambos colaboren para que el sujeto alcance un conocimiento universal.

La obra aristotélica plantea tantos interrogantes como su pensamiento. Si de Platón conservamos aquellos diálogos escritos para su publicación, pero nada sabemos de la práctica docente que desempeñaba en la Academia, con Aristóteles ocurre precisamente lo contrario: se ha perdido casi la totalidad de los textos que el estagirita redactó para su publicación (obras exotéricas), mientras que conservamos muchos de sus apuntes (obras esotéricas) para las clases del Liceo, la escuela que fundó.

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La felicidad es connatural con el ser humano y con su propio yo, que en sí, es la conciencia de la persona. Otra cosa, es cómo nos han educado para encontrarse uno mismo con su propio yo. Esta es una tarea definitoria, tal vez ardua, ahora y siempre. No obstante, tengo que decir de la existencia de personas, los menos, que han nacido con esa “gracia” de ser felices permanentemente. A eso se le llama “gracia exógena”. Dicho coloquialmente. La creatividad de dentro hacia fuera.

Iniciamos el siglo XXI de la era cristiana con unas influencias externas hacia nuestras personas, tanto para los niños, jóvenes, enseñantes y adultos, que en la mayoría de los casos anulan nuestra personalidad, y con ello nuestro propio yo. La forma generalizada del vivir con prisas, premuras, nuevos comportamientos sociales y económicos, hacen de nuestra cultura y civilización, sean contradictorios, y tal vez exista la falta de un primitivismo interno en las personas, para que sepan discernir o separar hasta qué punto el ser humano actúa siempre como resorte o copia de lo que ve u oye, y nunca actúe por su propia iniciativa como consecuencia de su propia creación interna. Esto último, sería la consideración del yo, como ser.

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